Desmontando la ‘Revolución de Género’

En su número de enero del corriente año, National Geographic se dedica a explorar lo que llama la “Revolución de Género”, un movimiento post-revolución sexual que busca desconstruir los entendimientos tradicionales sobre la encarnación humana, el dimorfismo sexual masculino-femenino y el género. En la portada de dicha revista colocaron a Avery Jackson, una ‘niña transgénero’ de nueve años de edad, quien afirma sentirse en el cuerpo equivocado. En un artículo titulado “Repensando el Género”, Robin Marantz Henig cita las normas de género en evolución como una justificación para la Revolución de Género. Pero el argumento de Henig no sólo es poco persuasivo, sino que también se basa en una propuesta radical sobre la naturaleza humana que está en desacuerdo tanto con la ley natural como con la evidencia empírica.

sp16_trans_spot1_630x420
Avery Jackson, el niño transformado en “niña”.

El propósito de este artículo no es abordar con profundidad todas las facetas del género que Henig y National Geographic exploran. Más bien, nuestro objetivo es abordar algunos de los errores más flagrantes de esta posición ideológica. Muchas de las críticas a continuación se aplican no sólo al artículo de Henig, sino a los problemas más amplios inherentes al movimiento transgénero.

Vamos p’allá.

En primer lugar (y lo más problemático): Ni Henig ni National Geographic ofrecen algún argumento sustantivo de por qué la propia autopercepción interna de “identidad de género” debe determinar el sexo de uno o tener una autoridad mayor que el mismo sexo biológico. El ensayo ofrece testimonios de personas que dicen que su identidad de género está en desacuerdo con su sexo biológico. Pero el testimonio no es suficiente. La afirmación (una y otra vez) de una reclamación no demuestra la autenticidad de esa reclamación. A los lectores no se les da ninguna explicación de por qué debemos considerar las reivindicaciones de la identidad de género como realidad en vez de un sentimiento subjetivo o autopercepción.

De hecho, esto es lo que plaga el movimiento transgénero. Se basa no en la evidencia, sino en la ideología del individualismo expresivo: la idea de que la identidad de uno es auto-determinada, que se debe vivir esa identidad y que todos deben respetar y afirmar esa identidad, no importa lo que sea. El individualismo expresivo no requiere argumento moral ni justificación empírica para sus afirmaciones, por más absurdas o controvertidas que puedan ser. El transgenderismo no es un descubrimiento científico sino un compromiso ideológico previo sobre la flexibilidad del género.

Los hechos empíricos son los siguientes:

  • Las pruebas científicas no respaldan la visión de que la orientación sexual es una propiedad innata y biológicamente fija del ser humano (la idea de que los individuos “nacen así”).
  • Si bien hay pruebas de que los factores biológicos, como los genes y las hormonas, están asociados a la conducta y a la atracción sexual, no existen explicaciones convincentes de que la orientación sexual en los seres humanos tenga una causalidad biológica determinista
  • Los estudios longitudinales en adolescentes apuntan a que la orientación sexual en algunas personas podría ser bastante flexible a lo largo de la vida. En este sentido, en un estudio se estimaba que hasta un 80% de los adolescentes del sexo masculino que indican una atracción hacia el mismo sexo dejan de sentirla al alcanzar la edad adulta (no obstante, algunos investigadores cuestionan hasta qué punto esa cifra refleja realmente los cambios en la atracción hacia el mismo sexo o es consecuencia de defectos metodológicos de la encuesta).

En segundo lugar, Henig comete una falacia de composición al vincular las condiciones intersexuales con el transgénero. Estas son categorías muy diferentes. “Intersexo” es un término que describe una serie de condiciones que afectan el desarrollo del sistema reproductivo humano. Estos “trastornos del desarrollo sexual” dan como resultado una anatomía reproductiva atípica. Algunas personas intersexuales nacen con “genitales ambiguos”, lo que dificulta la determinación del sexo al nacer.

Es precisamente en este punto que la intersexualidad es muy diferente del transgénero. Aquellos que se identifican como transgénero no están lidiando con la ambigüedad con respecto a su sexo biológico. El transgénero se refiere a la variedad de formas en que algunas personas sienten que su identidad de género está fuera de sincronía con su sexo biológico. Así, las identidades transgénero se basan en la suposición de que el sexo biológico es conocido y claro.

La intersexualidad y el transgénero son manzanas y naranjas, pero no sabrías eso al leer el artículo de Henig. Quienes están impulsando la revolución de género tienen interés en confundir las categorías. Sienten que si se puede demostrar que el sexo biológico es un espectro más que un binario, entonces pueden socavar el esencialismo de género. Pero las condiciones intersexuales no refutan el binario sexual. Son desviaciones de la norma binaria, no el establecimiento de una nueva norma. Así, la experiencia fisiológica de la intersexualidad está en una categoría diferente de los constructos psicológicos de la disforia de género y el transgénero. Henig relaciona problemáticamente estas categorías para desdibujar la identidad de género y la anomalía médica en una sola categoría.

A lo largo de estas mismas líneas, Henig cita un estudio que vincula la no conformidad de género con el autismo. Cualquiera que sea la conclusión que este estudio pretenda establecer, no valida una supuesta identidad transgénero. A lo sumo, podría establecer una correlación entre la no conformidad de género y el autismo, pero no una causalidad, ni una corroboración de la ideología transgénero. Una vez más, aceptar al por mayor que la identidad de género de alguien está en desacuerdo con su sexo biológico no es nada más que una ideología sin ninguna verificación o datos empíricos para apoyar tal afirmación. Es metafísicamente imposible verificar la afirmación de que la identidad de género profesada confirma una comprensión más exacta del género de uno que el sexo biológico.

El concepto de sexo biológico está bien definido y se basa en las funciones binarias que desempeñan hombre y mujer en la reproducción. Por eso se suele decir que el sexo es “lo dado por biología,” “lo biológico,” definido por dos identidades genéticas y anatómicas, la del varón y la de la mujer. En cambio, el concepto de género no está así de definido y, de manera general, se suele interpretar que se refiere a conductas y atributos psicológicos habitualmente típicos de uno u otro sexo. Se suele entender por variables de género las características, atributos, roles que pueden desempeñar hombres y mujeres fruto del contexto cultural donde se desenvuelven. Ejemplos típicos de variables de género, también llamadas a veces variables de contexto cultural, son cuidar a los dependientes, trabajar fuera o dentro de casa o en determinadas profesiones. Lamentablemente se usa a veces de manera indiferente las palabras sexo y género, creando así una confusión sobre sus definiciones. Algunos individuos se identifican con un sexo que no se corresponde con el suyo biológico (un varón, por ejemplo, se puede sentir “mujer”; las causas de este fenómeno llamado de “identificación cruzada de género” siguen sin comprenderse adecuadamente.

Por el momento, los estudios para analizar si esas personas transgénero comparten ciertas experiencias o características fisiológicas con el sexo opuesto — como, por ejemplo, estructuras cerebrales o una exposición atípica a hormonas prenatales — siguen sin ser concluyentes. En ocasiones, la “disforia de género” en adultos (un sentimiento de incongruencia entre el sexo biológico y el género del individuo (o el sexo deseado por el individuo), acompañado de una angustia o disfunción clínicamente significativas) se trata con hormonas o cirugía, pero hay pocas pruebas científicas de que esas intervenciones terapéuticas conlleven un beneficio. La ciencia ha demostrado que los problemas de “identidad de género” en la infancia normalmente no perduran en la adolescencia y la edad adulta, y no hay pruebas científicas del valor terapéutico de los tratamientos para retrasar la pubertad. Es preocupante la creciente tendencia de instar a los niños y niñas con problemas de “identidad de género” a hacer una transición hacia el sexo que prefieren mediante el uso de procedimientos médicos y, después, quirúrgicos. Claramente, es necesario llevar a cabo más estudios en este campo.

Justamente, la última página del artículo de Henig celebra la mutilación de niños menores de edad con una foto de página completa de una niña descamisada de 17 años que recientemente se sometió a una doble mastectomía con el fin de convertirse en niño. ¿Por qué los ideólogos transexuales consideran dañino persuadir a una niña para que tome conciencia de sus actos -cómo someterse a dichos tratamientos quirúrgicos-, pero consideran que dicha niña progresa mostrando su pecho desnudo y mutilado para una portada de revista? Los ideólogos transgéneros como Henig nunca abordan esta contradicción ética en el corazón de su paradigma. ¿Por qué es aceptable alterar quirúrgicamente el cuerpo de un niño para que coincida con el sentido que tiene de sí mismo, pero intolerante tratar de cambiar el sentido de sí mismo para que coincida con su cuerpo? Si es incorrecto intentar cambiar la identidad de género de un niño (porque está fijo y la intromisión con ella es perjudicial), entonces ¿por qué es moralmente aceptable alterar algo tan fijo como la anatomía reproductiva de un menor? La inconsistencia moral aquí es clara.

En tercer lugar, el artículo se refiere oblicuamente a la “Teoría del Sexo Cerebral” para apoyar la conclusión más amplia de que las identidades de género expansivas son inmutables, objetivas y una auténtica expresión del verdadero sexo de una persona. Henig reconoce acertadamente las deficiencias de la teoría del sexo cerebral, pero, al final, no ofrece ninguna sospecha de la legitimidad de las afirmaciones de los transgéneros a la luz de la inconclusión de los estudios científicos sobre esta cuestión.

Es por eso que su argumento es en última instancia poco convincente y problemático: no hay consenso científico general sobre lo que causa el efecto transgénero. Las teorías del sexo del cerebro son hipótesis, pero Henig escribe como si la revolución que estamos encontrando ahora es sana y merece la afirmación incuestionable. Si Henig admitiera la falta de certidumbre en torno al transgenerismo, desvelaría la certeza sobre la que se basa el artículo (y toda la cuestión). Henig no aborda sus propios supuestos y admite que las categorías descritas en el artículo se basan en teorías, no en hechos.

En cuarto lugar, más allá del artículo destacado de Henig, la cobertura de National Geographic es atormentada por afirmaciones contradictorias e incoherentes. Por ejemplo, la sección titulada “Ayudando a las familias a hablar sobre el género” aconseja: “Comprender que la identidad de género y la orientación sexual no pueden ser cambiadas, pero la forma en que las personas identifican su identidad de género y su orientación sexual puede cambiar con el tiempo.” La primera mitad de esta oración afirma la inmutabilidad de la identidad de género, pero la segunda mitad de la oración afirma que la autoconciencia de estas cosas puede cambiar con el tiempo. Pero, ¿no hay una contradicción aquí una vez que definimos nuestros términos? La identidad de género no es una categoría objetiva sino subjetiva. Es cómo uno percibe su propio sentido de masculinidad o femalidad (Yarhouse, pp. 16-17). Si esa percepción es fija e inmutable (como afirma la primera mitad de la oración), entonces es incoherente decir que la autopercepción puede cambiar con el tiempo (como afirma la segunda mitad de la oración). Una auto-percepción puede cambiar o no. No puede ambos. Esta es una contradicción desconcertante contenida dentro de una sola oración, pero que parece pasada por alto.

Además, la afirmación de que las identidades transgénero son igual de fijos e inmutables que la orientación sexual simplemente no está respaldada por ningún tipo de consenso científico. De acuerdo con un importante informe publicado por Lawrence Mayer y Paul McHugh en The New Atlantis, “también hay poca evidencia de que las cuestiones de identidad de género tengan una alta tasa de persistencia en los niños”. De hecho, alrededor del 80 por ciento de los niños que experimentan sentimientos transgénero lo pierden al llegar a la pubertad. Decir que las identidades transgénero son fijas e inmutables es simplemente inexacto.

Los hechos son los siguientes:

  • No hay pruebas científicas suficientes de que la identidad de género se fije al nacer o a edad temprana. Aunque el sexo biológico sea innato y la identidad de género y el sexo biológico estén relacionados de un modo complejo, no son idénticos: en ocasiones el género se define o expresa de maneras que guardan escasa o ninguna relación con la base biológica del individuo.
  • Los estudios científicos no corroboran la hipótesis de que la identidad de género sea una propiedad innata y fija del ser humano e independiente del sexo biológico, es decir, que una persona sea “un hombre atrapado en un cuerpo de mujer” o “una mujer atrapada en un cuerpo de hombre,” como si hubiera un error en su cuerpo y sus órganos genitales.
  • Los estudios comparativos de la estructura cerebral de personas transgénero y no transgénero han demostrado la existencia de correlaciones débiles entre la estructura cerebral y la identificación transgénero. Esas correlaciones no constituyen una prueba de que la identificación transgénero tenga una base neurobiológica.
  • En comparación con la población general, los adultos sometidos a cirugía de reasignación de sexo siguen experimentando un mayor riesgo de problemas de salud mental. En un estudio se observó que, en comparación con los grupos control, los individuos con reasignación de sexo tenían aproximadamente 5 veces más probabilidades de intentar suicidarse y 19 veces más de morir por suicidio.
  • Son escasos los estudios científicos que avalen el valor terapéutico de los tratamientos para retrasar la pubertad o modificar las características sexuales secundarias en adolescentes, aunque algunos niños puedan mostrar un mayor bienestar psicológico si son apoyados y animados en su identificación de género cruzada. No existen pruebas de que a todos los niños con pensamientos o conductas de género atípicas haya que animarlos a convertirse en transgénero.
  • En biología, un organismo es macho o hembra si dispone de las estructuras para asumir uno de esas dos funciones en la reproducción. Esta definición no requiere unas conductas o características físicas arbitrarias cuantificables o medibles, solo la comprensión del aparato reproductor y del proceso de la reproducción. Animales diferentes tienen sistemas reproductivos diferentes, pero la reproducción sexual se produce cuando las células sexuales del macho y de la hembra de la especie se unen para formar nuevos embriones fecundados. Son esos papeles reproductivos los que constituyen la base conceptual para la diferenciación de los animales en las categorías biológicas de macho y hembra, no existe ninguna otra clasificación biológica de los sexos aceptada de forma general.
  • Lo que está claro es que el sexo biológico no es un concepto que pueda ser reducido, exclusivamente al tipo de genitales externos ni se puede o asignar artificialmente en función de estos. Los cirujanos están cada vez más capacitados para construir genitales artificiales, pero esos “accesorios” no cambian el sexo biológico de los receptores, y estos seguirán sin poder desempeñar el papel reproductivo del sexo biológico opuesto, del mismo modo que les sucedía antes de la cirugía. De igual manera, tampoco el entorno que se le proporciona al niño puede cambiar el sexo biológico. Por más apoyo que proporcionemos a un niño pequeño en su transición para ser considerado una niña, tanto por sí mismo como por los demás, no conseguirá convertirse biológicamente en niña. Así pues, la definición científica de sexo biológico es clara, binaria y estable para la mayoría de los seres humanos y refleja una realidad biológica subyacente que no debería ser contradicha por las excepciones a aquellas conductas que sí pudieran ser típicas de los sexos y que tampoco puede alterarse mediante cirugía o condicionamiento social.

En quinto lugar, todo el asunto encuadra la “Revolución de Género” como la próxima frontera de la justicia social. Esto parece extraordinariamente corto de vista dado el ritmo acelerado en que la revolución de género ha llegado a cada rincón del planeta. Pero vamos a replantear elementos de la discusión que se omiten del artículo de Henig y la cuestión general:

¿Por qué debería la sociedad aceptar una teoría del género que tiene tan poca adjudicación histórica?

¿Por qué no hacer preguntas sobre si ciertos medios son la causa de estas nuevas experiencias en la historia de la humanidad?

¿Por qué no explorar los elementos politizados del transgénero que están respaldados por un movimiento agresivo LGBT?

– ¿Por qué omitir la historia controvertida detrás de este movimiento –el cual pasó de ser una patología a una norma estandarizada–?

– ¿Por qué la prisa para aceptar la afirmación de que alguien es un miembro del sexo opuesto o no posee ningún género en absoluto?

– ¿Por qué la justicia exige la aceptación de un régimen de medicina que mutila las partes del cuerpo funcionales, todo en nombre de la identidad de género?

Henig no reconoce las voces disidentes que cuestionan la validez de las identidades transgénero. Su artículo -y la revista de National Geographic en su conjunto- da por sentado la idea de que la compasión y la justicia sólo son mediadas mediante la aceptación de las controvertidas teorías que contiene. Lo rechazamos.

Finalmente, el artículo no aborda las conclusiones que se derivan de sus premisas. En una leyenda, leemos:

A Henry le asignaron un varón al nacer, pero se considera a sí mismo como “creativo de género”. Se expresa a través de su singular sentido de la moda. Sus padres lo han inscrito en el Campo de Arco Iris del Área de la Bahía, donde puede encontrar el vocabulario para explicar sus sentimientos. A los seis años, ya está muy seguro de quién es.

Este es un radicalismo desenfrenado. Ningún niño de seis años está completamente seguro de quién es. La afirmación radical no crítica no es un enfoque saludable para los padres o una estrategia de gobierno viable para la sociedad. ¿Se supone que los padres deben suspender toda forma de juicio y someterse a los caprichos fugaces de los niños? ¿Se extiende esto a todas las materias?

En un punto, Henig describe a un individuo que está buscando una identidad que “se sienta bien”. Esto es netamente subjetivo y sujeto a interminables auto-reinterpretaciones. Lo que “se siente bien” para una persona no ofrece ningún camino hacia lo que es correcto. También es un ejemplo de por qué la revolución de género consiste en “cisternas rotas que no pueden contener agua” (Jeremías 2:13). Como ilustra un video viral que vi hace poco, tomar el lenguaje de “identidad” e “identificar” junto con “género” conduce a afirmaciones frívolas y ridículas que en nuestra conciencia sabemos que son falsas. Y, de hecho, es eso lo más problemático acerca de este artículo: aceptar las afirmaciones contenidas en él requiere papel sobre la conciencia. Requiere una mente imparcial y con ganas de conocer la verdad. Como demuestra este artículo, no hay límites a la revolución sexual y de género; Sólo la estela de la carnicería humana que resulta de suprimir la verdad.

Henig hace una sorprendente y sorprendente admisión cerca del final de su ensayo: “La biología tiene la costumbre de declararse a sí misma eventual.” Sobre esto, Henig tiene razón. La humanidad no puede escapar de los límites inscritos en ella. Es imposible transgredir los límites biológicos estampados en la naturaleza humana sin que se desvanezcan las categorías básicas de la existencia humana. Si la historia de National Geographic cuenta algo, se habla de una sociedad que se va por un camino de experimentación voluntariosa que conducirá a la miseria y a la negación de la condición biológica humana. En verdad, este movimiento nacido de académicos efímeros y mitología progresista (progre) no es más que una barbarie disfrazada.

Referencias, bibliografía y lecturas.

“Sexualidad y Género: hallazgos de las Ciencias Biológicas, Psicológicas y Sociales”

“El Delirio Transexual”

“Una Crítica de la Teoría del Cerebro-Sexo del Transexualismo”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s